Por Joaquín Osorio Bravo
La economía internacional atraviesa un reordenamiento donde la liquidez global se estrecha. La desinversión completada por el nuevo presidente de la Fed, Warsh, junto a la proyección de Barclays sobre una subida de tipos del Banco de Japón en octubre y la mantención de tasas en el 6,50% en Rumanía, reflejan un endurecimiento del crédito internacional. Esto ya pasó en los años 90 con los ciclos de ajuste en los centros financieros: la menor holgura en los mercados desarrollados termina condicionando el acceso al financiamiento de las economías emergentes.
Esta menor liquidez coincide con un entorno de fricción comercial y desgaste de colchones fiscales. La decisión de China, que impondrá depósitos del 54,3% sobre las nueces pacanas de Estados Unidos y México, afecta de forma directa a la producción mexicana, evidenciando la vulnerabilidad de las cadenas agroexportadoras regionales ante disputas arancelarias. En paralelo, la caída de los activos líquidos del fondo de riqueza de Rusia a 46.200 millones de dólares ilustra la velocidad con que se agotan los fondos de reserva ante shocks prolongados, un dato no menor para América Latina cuando eventos intempestivos, como el reciente terremoto de magnitud 6,8 en Colombia, demandan capacidad de respuesta fiscal inmediata.
Lejos de ser un catálogo de noticias aisladas, la restricción comercial en México, el impacto físico en Colombia y el sesgo monetario global forman parte de una misma encrucijada macroeconómica. El marco actual nos demuestra que el espacio de maniobra para la región se reduce ante la coincidencia de exigencias locales e influencias externas.
