Hay dos números que, puestos uno al lado del otro, cuentan la historia real del nearshoring mexicano mejor que cualquier titular optimista. El primero: México captó más de 40.000 millones de dólares en inversión extranjera directa en 2025, y el primer trimestre de 2026 ya marcó un nuevo récord histórico para ese período, con un alza interanual de 10,4%. El segundo: uno de cada tres negocios en México no sobrevive su primer año de operación, según el INEGI.
Ambos números son ciertos al mismo tiempo. Y esa convivencia incómoda es exactamente lo que cualquier empresario de la región necesita entender antes de subirse a la ola.
El nearshoring —la relocalización de manufactura desde Asia hacia países cercanos al mercado estadounidense— dejó de ser una tesis de PowerPoint hace tiempo. México desplazó a China como el principal socio comercial de Estados Unidos, con un intercambio que ya supera los 2.500 millones de dólares diarios. Los sectores más beneficiados son manufactura avanzada, semiconductores, autopartes, logística e inmobiliario industrial. Empresas como Kavak alcanzaron rentabilidad global consolidada y cerraron rondas de cientos de millones de dólares; Clara fue reconocida por el Financial Times como una de las compañías de más rápido crecimiento de la región.
Pero conviene mirar la letra chica. Cerca de siete de cada diez dólares que entraron como inversión extranjera en el primer trimestre de 2026 no fueron capital nuevo: fueron reinversión de utilidades de empresas que ya estaban operando en el país. Es una distinción que cambia por completo la lectura del fenómeno. No se trata solo de cuánta gente decide instalarse en México por primera vez, sino de cuántas de las que ya llegaron deciden quedarse y reinvertir. Un estudio reciente basado en el llamado Método Teseo encontró que apenas el 14,7% de las inversiones anunciadas entre 2023 y 2025 se ejecutaron realmente en el terreno. El resto sigue siendo comunicado de prensa.
Para una pyme mexicana que sueña con integrarse como proveedora de alguna de estas cadenas globales, el panorama tiene matices que la euforia suele pasar por alto. Las rentas de naves industriales en la franja fronteriza subieron cerca de 39% en apenas un año, acercándose a precios de mercados estadounidenses. La capacidad eléctrica en zonas industriales del norte alcanzó en 2025 solo el 80% de la demanda proyectada. Monterrey enfrenta estrés hídrico que limita la expansión de procesos manufactureros intensivos. Y el 67% de los empleadores mexicanos reporta dificultad para cubrir vacantes especializadas, según la última encuesta de escasez de talento de ManpowerGroup.
Hay, además, un riesgo silencioso que rara vez aparece en los titulares: la concentración de capital. Las grandes rondas de financiamiento de startups mexicanas siguen lideradas mayoritariamente por fondos internacionales, y las pymes proveedoras de segundo y tercer nivel enfrentan plazos de cobro que superan los 90 días frente a compradores grandes, lo que las deja expuestas si un solo cliente grande decide renegociar condiciones.
Ninguno de estos datos invalida la oportunidad. La invalidan solo para quien llega sin entender las reglas. El nearshoring seguirá siendo, según las proyecciones del Banco de México, la fuerza que defina la economía mexicana hasta 2030. La pregunta que cada negocio debe hacerse no es si la ola va a llegar —eso ya está confirmado—, sino si su empresa tiene la estructura financiera, la paciencia de cobro y el acceso a infraestructura necesarios para no ser parte del tercio que no llega al primer aniversario.
En los negocios, como en el surf, no gana quien ve la ola más grande. Gana quien sabe leer el fondo antes de meterse al agua.
