Llevo más de quince años escuchando la misma cantinela, primero desde las mesas de dinero en Las Condes y luego en los pisos de operaciones de Midtown Manhattan: “las acciones latinoamericanas están regaladas”. El consenso de mercado se fascina periódicamente cuando compara los múltiplos de valuación de la región con el S&P 500 o el índice MSCI World. Ven un ratio precio-utilidad proyectado significativamente más bajo en los principales mercados de la región y concluyen que existe un descuento injustificado listo para ser capturado.
Desconfío de ese consenso por principio, tras ver cómo esa tesis tritura capitales año tras año. El análisis convencional comete dos errores sistémicos: confunde valoración con liquidez y asume una causalidad donde solo existe una correlación histórica débil.
Estar barato es distinto a estar ajustado por riesgo. Un múltiplo bajo rara vez es un error de cálculo del mercado; la mayoría de las veces refleja un costo de capital elevado (WACC) y una tasa de descuento que incorpora la incertidumbre regulatoria y la estrechez del mercado local. Cuando una compañía cotiza a seis veces sus utilidades, la pantalla no muestra una ganga: muestra la prima exigida por el capital para asumir la inmovilidad de ese activo.
Tampoco existe un traspaso automático entre la política monetaria de la Reserva Federal y los flujos hacia la región. La narrativa de que una baja de tasas en Estados Unidos empuja dólares directamente hacia emergentes en busca de rendimiento confunde correlación con causalidad. Una flexibilización de la Fed genera liquidez global, pero el destino final de ese dinero responde a mandatos institucionales rígidos.
En la arquitectura de los índices globales, el peso de la región es acotado. En el MSCI Emerging Markets, Asia concentra la mayor parte de la ponderación impulsada por sus gigantes tecnológicos, mientras que la suma de Brasil, México, Chile, Colombia y Perú representa históricamente menos del 10% del total. Cuando un fondo cotizado (ETF) o un mandato pasivo recibe flujos, la asignación es algorítmica y sistemática: el dinero entra según el prospecto del fondo, sin evaluar si una embotelladora en Santiago o un banco en San Pablo cotizan a múltiplos atractivos.
A esto se suma la restricción operativa de liquidez. Los asignadores globales de capital —fondos soberanos y planes de pensiones multinacionales— operan según su capacidad de ejecución. Una compañía con descuento aparente pero baja liquidez media diaria resulta ininvertible para un portafolio institucional de gran escala: entrar provocaría un impacto severo en el precio y salir sería imposible sin destruir el libro de órdenes.
Para el analista de portafolio, la lección es concreta: no conviene construir una tesis basada únicamente en la brecha de múltiplos con el mundo desarrollado. Antes de asumir que el mercado corregirá un múltiplo bajo, es indispensable examinar la profundidad del float (acciones en libre circulación), el peso real de la región en los referentes globales y la liquidez operativa diaria. Un activo barato puede permanecer así indefinidamente si carece del catalizador estructural que liquide ese descuento.
