Un ADX de 9,26 en Santander equivale a tener un motor V8 encendido en medio de un embotellamiento: hay potencia acumulada, pero el velocímetro está clavado. Cuando este indicador cae por debajo de la barrera técnica de los 20 puntos, los operadores sabemos que el mercado entró en una fase de compresión de volatilidad que suele anteceder a un movimiento explosivo. Esta parálisis no ocurre de manera aislada; convive con un Nasdaq 100 frenado exactamente en el nivel de retroceso del 61,8% de Fibonacci, la clásica zona donde los algoritmos institucionales deciden si convalidan la pausa o ejecutan una toma de ganancias masiva.
Para la región, el verdadero peligro de este escenario no es la falta de tendencia, sino la redistribución de liquidez. La inminente salida a bolsa de gigantes como Anthropic y OpenAI está empujando a los administradores de cartera a liquidar posiciones perdedoras antes del cierre fiscal del 31 de diciembre. Cuando Wall Street necesita liberar caja rápido para entrar en colocaciones primarias de alto perfil, los activos de emergentes suelen ser los primeros en sufrir las ventas por descarte.
A nivel corporativo, Latam Airlines muestra una dinámica similar al quedar atrapada en la nube de Ichimoku, señal clara de indecisión compradora. En paralelo, la advertencia de Goldman Sachs sobre el impacto de tasas de interés de la Reserva Federal contenidas en el rango del 4,50% al 4,75% golpea las valuaciones del sector inmobiliario. Si a esto le sumamos las amenazas arancelarias de Donald Trump sobre empresas como Bombardier, el panorama para el inversor latinoamericano es de estricta prudencia: los grandes capitales se están cubriendo en liquidez mientras esperan la ruptura de estos rangos clave.
