Cuarenta y ocho horas bastan para estropear una fiesta, pero cuatrocientos ochenta millones de dólares desvanecidos de un plumazo resumen el verdadero clima de época. Eso fue exactamente lo que provisionó el gigante minero Glencore para cubrir sus pérdidas por la exposición a Radiant World. Si en la mesa de operaciones aprendí algo, es que cuando los elefantes estornudan en Europa o Suiza, a los mercados de nuestra región se les mueve la estantería.
El problema no es solo la cifra de Glencore. Es la polvareda que se levanta al mismo tiempo en otros rincones del mapa. En Alemania, la banca cooperativa sufre el coletazo del Volksbank Brawo, mientras Turquía —con una inflación interanual que rozó el 75% en mayo de 2024— acaba de poner el freno de mano a los hedge funds por sospechas de manipulación. Para un inversor en Buenos Aires, San Pablo o Santiago, esto equivale a ver crujir los cimientos del vecino. Cuando la desconfianza crediticia se propaga, los fondos globales aplican el manual de supervivencia: recortan primero en los activos emergentes de América Latina para cubrir agujeros en el centro.
A esto se suma la mayor brecha de valuación en décadas dentro de la banca india, señal inequívoca de que la liquidez internacional se volvió extremadamente selectiva. La única tubería que sigue recibiendo caudal es la infraestructura física para la inteligencia artificial. Las redes de conectividad pasaron de ser un costo operativo a convertirse en la capa crítica del negocio. Sin fibra óptica, cobre y energía, los modelos de IA son simples autos de fórmula uno sin combustible.
El mensaje para los portafolios de la región es directo: el dinero sobreabundante se evaporó. Hoy el mercado castiga la opacidad con la misma velocidad con la que recompensa a los activos reales. Toca ajustar las carteras, revisar la calidad crediticia de las contrapartes y acortar plazos antes de que la marejada nos agarre sin flotador.
