Crecí entre telares en Puebla escuchando la misma lección una y otra vez: vender más no sirve de nada si te quedas sin caja para pagar la nómina del viernes. Por eso, cada vez que veo los titulares desbordantes sobre el nearshoring en América Latina —con sus proyecciones multimillonarias y discursos triunfalistas—, instintivamente busco la fila de facturas por cobrar.
La narrativa dominante presenta la relocalización de cadenas de suministro como el maná prometido para el tejido empresarial de la región: gigantes industriales huyen de Asia, se instalan en los corredores del norte de México o Centroamérica, y derraman contratos sobre las pequeñas y medianas empresas locales. Sin embargo, en los balances que reviso a diario, la realidad es bastante más dura.
El obstáculo principal es de arquitectura financiera. Las multinacionales trasladan sus estándares de pago globales a mercados donde el crédito comercial es extremadamente costoso. Un comprador norteamericano suele exigir plazos de 90 a 120 días, mientras la PyME local debe pagar materias primas al contado y salarios semanalmente. En economías donde las tasas de interés para crédito PyME superan ampliamente la inflación, financiar tres o cuatro meses de producción para un tercero no es una oportunidad de crecimiento, sino un riesgo operativo crítico.
A esto se suma un cuello de botella estructural. De acuerdo con datos de la Asociación Mexicana de Parques Industriales Privados (AMPIP), la ocupación en los corredores del norte del país ha tocado máximos históricos cercanos al 97%. Esta saturación no solo ha elevado los costos por metro cuadrado en dólares, sino que tensiona la infraestructura básica: disponibilidad de energía eléctrica de alta tensión, acceso a agua industrial y conectividad logística.
Para las corporaciones globales, estos sobrecostos son negociables o absorbibles. Para una PyME proveedora de empaque, troquelado o componentes plásticos, significa asumir inversiones intensivas en capital para cumplir con certificaciones requeridas, sin que el cliente garantice contratos a largo plazo. Se le pide al proveedor local que asuma el riesgo operativo de la transición sin ofrecerle certeza sobre el volumen.
Existe también una distorsión en el encadenamiento productivo: gran parte de la relocalización no está integrando insumos locales, sino importando proveedores asiáticos de primer nivel (Tier 1) que se mudan con sus propias redes de subcontratación. La PyME regional termina compitiendo por márgenes mínimos, atrapada entre insumos importados cotizados en divisas fuertes y precios de venta fijos exigidos por el comprador.
El nearshoring es una reconfiguración geopolítica impulsada por la eficiencia y la reducción de riesgos para las multinacionales, no un programa de desarrollo social o corporativo automático.
Para los directivos y dueños de PyMEs que evalúan sumarse a esta ola, la recomendación es clara: antes de firmar un contrato, calculen el costo real de su ciclo de conversión de efectivo. Contemplen el costo del descuento de facturas (factoring) sin recurso, negocien cláusulas de ajuste por fluctuación de insumos clave y verifiquen la disponibilidad real de infraestructura a través de reportes oficiales de las cámaras del sector. Crecer sin capital de trabajo suficiente no es expansión: es insolvencia programada.
