2.870 millones de dólares es una cifra que frena cualquier especulación en la mesa de operaciones. Es el monto exacto del contrato naval que acaba de ganar General Electric, opacando los 42,5 millones obtenidos por Raytheon y dejando una lección clara para los inversores de América Latina: en periodos de incertidumbre, el capital institucional busca la liquidez garantizada por el Estado.
El contraste con el sector tecnológico es brutal. Mientras las acciones de Dropbox se desploman tras confirmarse una brecha de datos, la caja de las industriales se consolida. Ni los avances de Google preparando Gemini 3.8 Flash para acortar distancias en codificación, ni los contratos de Blue Origin para desplegar redes de telecomunicaciones en Marte logran amortiguar el golpe de la vulnerabilidad digital. Para un portafolio regional, diversificar hacia gigantes con ingresos gubernamentales asegurados no es una apuesta arriesgada; es el chaleco antibalas financiero que la tecnología hoy no puede ofrecer.
