Crecí entre los telares de Puebla escuchando una lección que ningún posgrado en Houston logró desmentir: la llegada de una fábrica no equivale a desarrollo; a menudo solo significa que alguien encontró insumos más baratos o una excepción fiscal temporal. Por eso, cuando escucho los aplausos alrededor del nearshoring en América Latina, la deformación profesional me obliga a buscar la letra chica.
La premisa de la relocalización es atractiva: mover cadenas globales de suministro promete transformar a la región en un polo industrial de Occidente. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha estimado que este fenómeno podría generar hasta 78.000 millones de dólares adicionales en exportaciones anuales para América Latina y el Caribe. Es una cifra astronómica. Sin embargo, trasladar una línea de ensamblaje no es lo mismo que integrar una economía local.
Al inspeccionar el engranaje real, el entusiasmo choca con la infraestructura. Los análisis del Banco de México señalan de manera sistemática que las decisiones de inversión extranjera no tropiezan por falta de interés del mercado, sino por restricciones estructurales severas: la saturación de las redes de transmisión eléctrica, la escasez de agua en los polos industriales y el déficit de naves con estándares internacionales. Una empresa multinacional puede firmar una carta de intención en un evento corporativo, pero no puede operar sin garantía de suministro energético constante y limpio.
El segundo filtro es el impacto en la pequeña y mediana empresa. La retórica oficial asume que la inversión extranjera directa cae como beneficio automático sobre los proveedores locales. La realidad operativa dicta lo contrario. Convertirse en proveedor de primer nivel (Tier 1 o Tier 2) para una multinacional requiere certificaciones ISO, homologación de estándares medioambientales (ESG) y la capacidad financiera para soportar esquemas de pago a 90 o 120 días. Para una pyme regional, sin acceso a crédito competitivo en un mercado donde el financiamiento bancario a la producción sigue siendo restrictivo, la barrera de entrada resulta infranqueable.
El riesgo latente es consolidar un modelo de ‘maquila 2.0’: plantas tecnificadas importadas llave en mano que consumen recursos locales, pero importan sus componentes intermedios desde Asia porque la cadena de valor regional no logró prepararse a tiempo. La Secretaría de Economía de México ha documentado históricamente que una parte sustancial de la Inversión Extranjera Directa reportada corresponde a la reinversión de utilidades de firmas ya instaladas, y no a nuevos proyectos de origen transformador (greenfield). Estamos presenciando una expansión de capacidad existente, no necesariamente una diversificación del tejido productivo.
Para los ejecutivos y empresarios de la región, la lección estratégica es clara: no hay que confundir el titular optimista con la ejecución operativa. La oportunidad del nearshoring no es una garantía de éxito ni un beneficio automático para todas las empresas.
Si usted lidera una pyme, no espere a que la licitación llegue a su puerta: audite hoy sus procesos, certifique sus métricas de sostenibilidad y busque alianzas de escala con competidores locales para absorber contratos mayores. Si analiza inversiones, no evalúe los anuncios corporativos por el monto prometido en la prensa, sino por tres variables concretas: la disponibilidad real de energía en la zona, la infraestructura logística existente y el porcentaje efectivo de contenido local exigido. Para confirmar si la tendencia avanza verdaderamente en su sector, revise periódicamente los reportes de balanza de pagos e infraestructura energética emitidos por el banco central y el ministerio de economía de su país. Ahí es donde vive la verdad del negocio.
